Alberto Fuguet escandalizó en 1989 a la sociedad chilena con una novela que marcó un hito en la literatura latinoamericana: Mala onda. “Un libro de rabia adolescente, de expulsiones, de droga, de histeria”, según nos dice. Un libro que entronizó la percepción de los jóvenes latinoamericanos que no entendían de Macondo, pero sí de McDonald’s y para los cuales la única revolución reconocida era la de Blockbuster: cine en casa.
Fuguet lideró la generación McOndo e impuso su lenguaje vertiginoso transcribiendo el habla de una juventud sin credos, saturada de sexo y de política, y sólo fiel a las pasiones del cine y el rock. Aunque en su vida personal nunca ingirió droga alguna, desde cuando aparecieron los cuentos de Sobredosis, se erigió como el niño terrible de esa literatura hija del pop, cuyo ritmo sólo se entiende sumergido en el zapping de la televisión.
Pero Fuguet ya no es, como sostiene The New York Times, “el Eminem de Chile”. Ahora sobrepasa los 40 años y sobre todo, se ha atrevido a “dejar un poco de ser Fuguet... a dejar el estereotipo de Fuguet”. Él, el antiguo defensor de esa literatura rápida que se enorgullecía de su carácter “transnacional”, está empeñado en construir conscientemente su ciudad en la escritura.
Admite que fue contra su deseo que en plena pubertad debió regresar a Santiago de Chile, “una ciudad gris y aprisionada”, después de dejar California. Entonces se vio “arrojado” en el seno de una familia donde había una abuela que defendía el orden impuesto por Pinochet, pero también un primo desaparecido por sus esbirros. Pero si ese Chile dividido fue primero una imposición, luego eligió permanecer en Santiago, una ciudad que desde 1990 se fue haciendo menos gris. Y, además, hoy y allí es lo que desde siempre soñó: realizador de cine.
Este nuevo Fuguet se sacude de la acusación que lo ha marcado: “Tu nombre no es suficientemente latinoamericano” y con la libertad de los verdaderos iconoclastas, enfrenta la paradoja que representa el hecho de que defendió en McOndo el escribir desde una perspectiva transnacional, pero, como recalca, “no sólo vivo en mi país sino que, en lo que desde siempre he escrito y ahora en lo que estoy filmando, está Santiago”.
Le gusta pensar que así como Cabrera Infante inmortalizó La Habana nocturna y Vargas Llosa hizo existir a Lima en la literatura, él está construyendo a Santiago de Chile. “Aquí está todo por hacerse. Me gusta la idea de construir mi ciudad a partir de la literatura, de las películas, de la música”.
Se arrienda, su primera película, revela la historia de un músico de películas que vive en Santiago y que intenta sobrevivir con su arte, pero no gana suficiente y se ve enfrentado al dilema de “venderse” dedicándose a un oficio ajeno a sus sueños. Un conflicto del que el talento ha librado a Fuguet. Para fortuna de Santiago de Chile y de la nueva literatura latinoamericana.
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